Ayer un amigo que va en la «lista oficialista» me dijo algo que me sorprendió bastante: que yo estaba «dividiendo el ajedrez gallego».
Aclaro que «oficialista» es el término que yo utilizo para referirme a ese sector. Evidentemente, nunca se me ocurriría pensar que desde la propia estructura federativa se puedan promover, organizar o configurar listas electorales…¡y además ser tan torpe para dejar rastro de ello!. Una federación debe ser neutral y esas cosas, naturalmente, no pasan… o no deberían pasar.
Pues bien, la frase me hizo pensar, porque encierra una forma de entender las organizaciones que, por desgracia, no es exclusiva del ajedrez. Cuando durante muchos años se consolidan determinadas estructuras de poder, determinadas personas y determinados grupos de intereses, puede acabar instalándose la idea de que la unidad consiste en aceptar lo que ya existe.
Y entonces sucede algo curioso: quien propone una alternativa «divide»; quien pregunta, molesta; quien discrepa, genera conflictos; y quien no se alinea con las candidaturas o con el pensamiento oficialista pasa a ser visto como alguien que perjudica al colectivo.
Pero la democracia funciona exactamente al revés.
Que existan distintas ideas, candidaturas y proyectos no divide una organización. La pluralidad es precisamente una condición necesaria para que una organización sea democrática. Lo preocupante sería que nadie plantease alternativas y que todos aceptasen que las mismas estructuras deben reproducirse indefinidamente.
Con el tiempo puede producirse además una confusión peligrosa: identificar los intereses de quienes están alrededor de la federación con los intereses del propio ajedrez gallego.
Y entonces aparece una idea muy cómoda: nosotros representamos la unidad; los demás representan la división.
Creo, además, que este tipo de ideas terminan funcionando como auténticos mantras internos. En determinados círculos se repiten una y otra vez las mismas expresiones —«están dividiendo el ajedrez gallego», «están creando problemas», «esto perjudica al ajedrez»— hasta construir una especie de código compartido. Y lo más interesante es que esa repetición acaba calando incluso en personas inteligentes, independientes y con sentido crítico, que terminan utilizando esas mismas palabras y aceptando, casi sin advertirlo, el marco mental del grupo.
Ese es precisamente el poder de un mantra: de tanto repetirse deja de percibirse como una opinión y empieza a sentirse como una evidencia. Ya no hace falta demostrar por qué una alternativa «divide». Se da por supuesto.
Pero una federación no pertenece a quienes la gobiernan ni a quienes llevan más años cerca de ella.
Por eso resulta especialmente llamativo que se pueda acusar a alguien de «dividir» simplemente por pedir que unas elecciones se desarrollen con todas las garantías, que las candidaturas tengan una existencia real y jurídicamente reconocible cuando corresponda, o que quienes forman parte de una comisión gestora mantengan la neutralidad que exige su función y no utilicen esa posición para favorecer proyectos electorales futuros.
Pedir que se cumplan las reglas no divide una federación.
Fiscalizar un proceso electoral tampoco.
Y recurrir una decisión cuando uno considera que no se ajusta a la normativa es precisamente utilizar los mecanismos que el propio sistema democrático establece.
Mi experiencia reciente me ha hecho reflexionar también sobre algo todavía más preocupante.
En dos ocasiones se me advirtió de posibles consecuencias sancionadoras. Y ni siquiera fue por realizar una crítica especialmente dura a la Federación. Fue, sencillamente, por difundir un programa electoral ajeno con el que yo no tenía ninguna vinculación, una información objetiva dentro de un proceso electoral.
Ese episodio me parece muy significativo.
Porque cuando el simple hecho de difundir una alternativa puede interpretarse como una conducta merecedora de advertencias sancionadoras, el problema ya no es quién apoya a quién.
El problema es qué concepto se tiene de la libertad de participación y de expresión dentro de una organización.
Una federación democrática debería poder soportar perfectamente que sus miembros conozcan distintos programas, que existan distintas candidaturas, que se formulen recursos y que alguien pregunte si quienes deben garantizar la neutralidad electoral están actuando realmente con la distancia exigible.
Nada de eso divide al ajedrez gallego.
Lo que sí puede dividirlo es convertir la discrepancia en deslealtad y la fiscalización en una agresión contra la institución.
También existe otro riesgo. Cuando durante años se forman grupos, relaciones e intereses alrededor de una organización, se puede acabar creyendo sinceramente que esa estructura es natural. Después llegan unas elecciones y, si ese grupo obtiene una mayoría, el resultado parece otorgar retrospectivamente un barniz de legitimidad a todo lo ocurrido.
Pero ganar unas elecciones no convierte automáticamente en correcto todo lo que se hizo para llegar hasta ellas.
Especialmente en unas federaciones deportivas cuyo sistema electoral ya presenta de por sí importantes limitaciones de representatividad: primero se configura una asamblea y posteriormente esa asamblea elige al presidente. Por eso es tan importante que la formación de esa asamblea sea transparente, plural y escrupulosamente respetuosa con las reglas.
Quizá eso sea precisamente lo que más incomoda: que alguien mire desde fuera de las estructuras habituales y empiece a preguntar.
Es el viejo cuento del rey desnudo.
A veces no hace falta descubrir ninguna gran conspiración. Basta con mirar aquello que durante años se había asumido como normal y preguntar por qué funciona así.
Y entonces el problema puede dejar de ser aquello que se señala para pasar a ser quien lo señala:
«Estás creando problemas».
«Estás enfrentando a la gente».
«Estás dividiendo el ajedrez gallego».
No.
Dividir sería impedir que otros pudieran expresarse. Dividir sería considerar enemigos a quienes presentan una alternativa. Dividir sería pretender que fiscalizar unas elecciones es atacar a la Federación. Dividir sería intentar que el coste de discrepar fuese tan alto que la gente terminase prefiriendo callarse.
Presentar alternativas, difundirlas, pedir transparencia, recurrir decisiones y exigir neutralidad institucional no divide.
Es democracia.
Soy consciente de que, para quienes ya han interiorizado ese pensamiento único federativo y oficialista, este escrito será demasiado largo. Probablemente la mayoría de ellos ni siquiera lleguen hasta aquí.
No importa.
Porque los escritos quedan.
Yo mismo he aprendido muchas veces leyendo algo que alguien escribió hace cinco, diez o veinte años y que, de repente, cobra sentido cuando aparece una situación parecida. A veces un texto que en su momento parecía menor termina convirtiéndose años después en una pieza útil para entender cómo funcionaban determinadas estructuras, qué argumentos se utilizaban y qué ocurrió cuando alguien decidió cuestionarlas.
Por eso creo que existe también una responsabilidad en dejar constancia.
Dejar constancia de los recursos que se presentan. De las respuestas de una Junta Electoral. De las decisiones que se adoptan. De las preguntas que se hacen. Y también de los silencios.
No sé cómo terminará este proceso electoral y, en el fondo, para esta reflexión tampoco es lo más importante.
Lo importante es que mañana, dentro de un año o dentro de diez, puede producirse una situación semejante en otra federación, en otro deporte o en cualquier otra organización.
Puede volver a aparecer un sector oficialista convencido de que lo verdaderamente importante es ganar y que las reglas son algo secundario.
Que da igual quién forme parte de una comisión gestora.
Que da igual si existen candidaturas de hecho antes de que jurídicamente puedan existir.
Que da igual si quienes deberían mantener una posición neutral participan directa o indirectamente en proyectos electorales.
Que da igual cómo se llegue a la victoria siempre que finalmente se gane.
Y precisamente para eso existen las reglas.
No para dificultar las elecciones, sino para impedir que quien tenga más poder pueda utilizarlo sin límites. Para equilibrar posiciones. Para proteger a las minorías. Para garantizar que quienes administran un proceso no puedan confundirse con quienes compiten en él.
Esos son los pequeños resortes democráticos que sostienen cualquier sistema cuando funcionan correctamente.
Y por eso creo que publicar con transparencia lo que está ocurriendo —los recursos, las contestaciones, los argumentos de unos y otros y las resoluciones que finalmente se produzcan— tiene un valor que va mucho más allá de quién gane estas elecciones.
Aunque los recursos sean desestimados.
Aunque todo termine exactamente igual que empezó.
Aunque dentro de unos meses nadie recuerde quién tenía razón.
Porque la transparencia deja memoria.
Y la memoria permite que la próxima persona que se encuentre ante una situación semejante no tenga que empezar desde cero.
Quizá dentro de unos años alguien encuentre estos escritos buscando información sobre unas elecciones en otra federación deportiva y descubra que determinadas preguntas ya se hicieron antes.
Si ocurre eso, habrá merecido la pena.
Porque documentar, preguntar y exigir que las reglas se cumplan no debilita a las federaciones deportivas.
Las hace más democráticas.
PD:
Siempre fue importante dejar constancia. En la era de la inteligencia artificial lo es todavía más, y no dentro de diez años: desde hoy mismo. Estos escritos pueden parecer una página más perdida entre millones de documentos, pero esto ya no funciona así. Hoy cualquiera puede preguntar a una inteligencia artificial cómo fueron las elecciones de la Federación Gallega de Ajedrez, qué recursos se presentaron, qué contestó la Junta Electoral o qué controversias se produjeron. Pero su utilidad va mucho más allá de nuestro pequeño mundo. Alguien puede preguntar mañana —o esta misma tarde— si existen precedentes de miembros de una comisión gestora que hayan participado en la articulación de una futura candidatura, de posibles candidatos que hayan pretendido actuar electoralmente antes de existir formalmente como tales, de nombramientos de interventores, de incumplimientos del deber de neutralidad o de actuaciones de órganos federativos que hayan terminado anuladas o incluso dando lugar a responsabilidades e inhabilitaciones. Y una inteligencia artificial podrá buscar, relacionar, comparar y sintetizar todos esos antecedentes. Por eso publicar documentos, recursos, respuestas y resoluciones no es simplemente contar nuestra batalla electoral: es aportar información a una memoria colectiva que ya hoy puede utilizarse para analizar problemas mucho más amplios de democracia, neutralidad y abuso de poder en las federaciones deportivas. Dejar constancia nunca fue inútil. Ahora lo es menos que nunca y su beneficio para la calidad democrática puede ser extraordinario.